miércoles, 23 de octubre de 2013

Maratón Bilbao

Salimos del pueblico a mediodía sin tener muy claro el asunto de la comida (cuándo y dónde) Luciano, Fernando, Mª José, Yoli, Julibel y el que suscribe. Yo, ante las dudas, salí comido de casa. Nosotros íbamos a por los 42, ellas a por los 21 y a por los 7.

No hay nervios en el coche. Esto hace que aguantemos una buena tirada sin parar a evacuar: la friolera de ¡25 kms! A este ritmo no llegamos ni a la San Silvestre. ¡Tanto hidratarse, tanto hidratarse! En la consulta de urología aguantan más.


Haciendo patria.
Estamos en Bilbao. Ahora a buscar el hotel. Mi TomTom más perdido que Benzema recogiendo un premio no para de decir que dé la vuelta por Castilla La Vieja, a saber cuánto hace que no lo actualizo. Llegamos al hotel a las 17 horas. La reserva la teníamos hecha para las 14, así que lo primero que digo es: "-Siento el retraso". Un chico muy simpático, compresivo y amable quitó hierro al asunto diciéndome: "-No importa, hijo, cada persona nace de una manera y hay que aceptarse tal cual. No podemos elegir." Allí nos esperaban los dorsales, gracias al esfuerzo del gran Funi, compañero de pedaladas que tiene la suerte de vivir en Bilbao, no como nosotros, seres inmundos.

Con el tiempo justo para descansar un rato y preparar los atuendos nos fuimos hacia la zona de salida y meta en el mismísimo museo Guggenheim. Allí coincido con un corredor musulmán y acabamos hablando del circuito. Asustado me dice: “-¡Hala! Es grande-“. Esta gente no para de rezar. ¡Qué fervor! Constaba de dos vueltas de 21 kms y discurría por la ría, riau, riau.

El que llegue antes hace la cena.

Busco un inodoro mientras pienso en una de las mayores contradicciones que soy capaz de imaginar: ¡inodoro! El inventor de estos artilugios debía tener un trastorno del olfato severo. Abro la puerta y el agente Smith de Matrix entre carcajadas me informa: “-Ve eso, Señor Anderson. Es la visión de lo inevitable.-“ ¡Maldita sea! ¡Qué asco! De esta escena se puede elaborar una paleta de colores, en tonos marrones, que no cabría en la paellera de las fiestas de Villarriba.

Nos vamos situando en la salida. Somos unos 7000 entre las 3 carreras. Dan la salida al primer cajón y comienza un espectáculo pirotécnico. El cielo se ilumina como en la cabecera de las películas de Disney. Medio minuto después sale el segundo cajón. Y los siguientes somos nosotros: a seguir el camino de baldosas amarillas.

Salida en tropel. Primeros kms por calles estrechas, oscuras y atestadas. Muchos corredores, nervios y poco espacio. Hay que ir con mucha concentración para evitar accidentes. Mi rodilla va respondiendo bastante bien. Poco a poco vamos cogiendo el sitio y aunque cuesta, consigo no perder de vista a Fernando. Damos juntos la primera vuelta, vamos cómodos. Desaparecen los corredores de la medía maratón y de los 7'5 al paso por el Guggenheim. Ya sólo somos unos 600. Miro el GPS y vamos muy bien: "-¡Corre Forrest, corre!-"


Reíd, reíd...

Km 25 y Nando sufre calambres. Yo decido seguir a mi ritmo porque en estas pruebas si vas cómodo es mejor no tocar nada y dar de comer a los monos. Poco después la rodilla empieza a hablarme. En mi hombro derecho se posa Darth Vader: "-Vente al lado oscuro. No te va a aguantar. Párate. Eres un flojo. Soy tu padre-" En el otro hombro el maestro Yoda intenta convencerme: "-Libro de gramática comprar quiero. Resistir tu rodilla debe. Minutos sesenta quedan-". Que la fuerza me acompañe, me digo yo. Intento no pensar en la rodilla y el maestro Yoda gana la partida. ¡Qué ganas de llegar al museo y qué orgullosa iba a estar mi profesora de latín si oyera esto!

Hasta el km 32 fui marcando tiempos para bajar de 3 h 15. Iba a una media 4'35 el km. Se acabó la batería al MP 3, justo cuando sonaba These boots are made for walking, ¿casualidad?, y con ella la de mis piernas. Poco a poco los tiempos van subiendo de los 5'. ¿Dónde carajo está el museo? Consigo ver el edificio de Iberdrola. Me adelanta el sujeto con la bandera de las tres horas 15. Si me pego a él lo consigo. El museo está al lado pero estoy en la orilla equivocada de la ría, riau, riau! Tengo que cruzar. Tres veces dije: "-Cruzamos por ese puente-" y otras dos veces: "-No. Maldiata sea.-" La tercera es mejor no reproducir. A este paso cruzamos la ría por Llanes. Al fin cruzo el puente. Me quedan los dos últimos kilómetros. El de la bandera de las 3'15 ha desaparecido.

Continúo corriendo. Esto ya está hecho. Ni se te ocurra andar (llevo con esta guerra psicológica casi 10 kilómetros). Ya llego y en meta me estará esperando la sección femenina con los pompones rosas. Pero no veo a nadie conocido. ¡Están en los masajes! ¡Dios mío, no siento las piernas! Es increíble cómo el cuerpo aguanta 42 km y una vez pasada la línea de meta no puedes subir ni un triste escalón.

Me tiro al suelo, subo las piernas y a esperar a los otros. Me da igual que tarden. Estoy contento de acabar aunque mi tiempo no ha sido lo que esperaba. Viendo el de los demás ya no se qué pensar. El primero ha hecho 2h 21', una marca normalita para un ganador y de tres horas solo han bajado 20. Además he entrado el 70 ¡joder!

Ya de camino al hotel me viene a la cabeza las declaraciones de una de nuestras ministras diciendo que no va a descansar hasta que se esclarezcan los hechos para, a continuación, llegar a casa y entrar diciendo: "-Ay, Senor, que no me he sentado en todo el día.-"

A cerrar cortinas y ... buenas noches.

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