lunes, 7 de julio de 2014

Triatlón por equipos Las Moreras



Mañana nublada con amenaza de lluvia. Apenas he aparcado el coche y coincido con otro componente de mi equipo, José Félix, que deja su vehículo detrás del mío. Nada mejor para quitar los nervios que compartirlos. Éramos un total de 210 corredores y estábamos distribuidos en 39 equipos de entre 4 y 6 componentes. La prueba consiste en una lucha contra el reloj para completar lo más rápido posible los 750 m de natación en el río Pisuerga, 20 km de ciclismo en un circuito urbano y 5 km de carrera a pie. 

El Triatlón Pisuerga rindió honores al río del que toma su nombre presentando 4 equipos, uno femenino y tres masculinos, calificados, según la Agencia Moody´s, como el A, el B y el C. Junto con Mauri, Fernando Alonso, Carlos, Javi Cid y José Félix, formo el equipo B, creo que una vez más las agencias de calificación han hecho una labor desastrosa. Incluirme en el equipo B es como calificar a Grecia con una triple A. Creo que soy el bono basura del equipo B. Si me destilaran en un alambique se obtendría algo así como un tercio de mal nadador, dos tercios de ciclista mediocre y otro tercio de corredor del montón. ¿A qué nos lleva esto? Al absurdo: cuatro tercios.

Me presento con muchas dudas, más que nada por el segmento de natación. En estas pruebas si te descuelgas 30 segundos del resto del equipo te vas a casa, pero, por otro lado, evitas la colección de tortazos de un triatlón normal debido a que vamos saliendo en intervalos de un minuto entre equipos, así que sólo te puedes llevar los bienintencionados saludos de tus compañeros. 



Llaman a la línea de salida al equipo B del Bomberos de Valladolid y no aparece nadie. Es el equipo que nos antecede, además del club organizador. Tras repetir el aviso por megafonía varias veces sin obtener resultado, a alguien se le enciende la luz y llama al 080. Aparecen de inmediato. Los que tenéis memoria eidética recordaréis que esto mismo sucedió en el Duatlón por equipos del año 2013 celebrado en Soria. Casualidades de la vida también formé equipo con Fernando Alonso. 

Nos tiramos al Pisuerga y enseguida Fernando y yo comenzamos a demostrar nuestras dotes de civismo: "-Buenos días (zas)" por aquí; "-Toma, que lo nades bien" por allá; "-Usted primero (splash)"; "-Ni pensarlo. ¡Nunca antes que usted! Y para que no se le olvide ¡toma pesconazo!"
En fin, menos mal que éramos 6, si vamos 14 no sale del agua ni el personal de las piraguas. Van pasando los metros y Fernando y yo, abusando de los buenos modos, vamos quedando rezagados aunque conseguimos salir con el grupo. Mientras, una juez, con clepsidra en mano, nos mira con cara de "por los pelos", dudando si dejarnos seguir en carrera. Tuve que utilizar una técnica de convicción que aprendí en los centros psiquiátricos. La labor de este personal no está para nada reconocida por la sociedad. Su profesionalidad, su comprensión y su abnegación son admirables. Los celadores se las veían y deseaban para reducirme. Mi técnica consistió en mirar fijamente a la juez hasta que se sintió incómoda y se marchó a vigilar a otros participantes. (Saludos a la juez que seguro que lo lee). Mientras esperábamos a que saliera del agua Fernando, alguien, creo que fue Javi Cid, tuvo una idea brillante aunque bastante obvia, quitarnos el neopreno. Parece  que si no es a la carrera no sabemos hacerlo.

Salvado este obstáculo comienza el calvario de aguantar los 20 kilómetros a rueda. Me parece oír al Sr. Burns diciendo: "-Smithers, suelte los perros". Carlos también lo debió oír y me atrevo a afirmar que además sufre de un pánico incontrolable a los canes. ¡Qué manera de dar pedales! Mira que los cinco le decíamos: "-Tranquilo. No muerden. Están atados. No corras que es peor. No hagas movimientos bruscos y sobretodo no les mires a los ojos". Pero nada, el miedo le atenazaba y no logró controlarse hasta llegar a la plaza Colón donde el cuentakilómetros empezó a estabilizarse en unos 36-38 km/h. Podía haber sido mucho peor. Si la agencia me hubiera puesto la triple A hubiera estado en un equipo en el que, según oí comentar ya en meta, una bestia parda recién llegada de Canarias les ponía a 50 km/h. Esto mi bici no lo aguanta. Por suerte llevaban a bordo la profesionalidad de la gente de Automundo. Ya sabéis, en la calle García Lesmes.


De vez en cuando  Carlos volvía a oír ladridos, como un flash-back, pero a estas alturas ya me había sacudido el miedo de los bolsillos. Trazar curvas sigue siendo mi fuerte. Es entrar en una y marcharse los compañeros cinco metros. En una de ellas pasé al lado de un espectador. Éste quedó con la boca abierta mientras yo divertido le decía: la palabra que buscas es perplejo. 

Último segmento. Dejamos la bici, el casco, nos cambiamos de calzado y a correr. Tenemos a tiro a un par de equipos a los que acabamos adelantando. Por el camino nos cruzamos con las chicas del Tripi que están paradas mirándose la planta de los pies. ¿Quién sabe qué pueden estar tramando? No seré yo el que pregunte. Mauri va muerto pero entre todos le vamos llevando. Nos dice que tiremos sin él pero esperamos. Nos quedan unos doscientos metros y otro equipo nos pisa los talones. ¿Esperamos a Mauri o tiramos a tope? Pues resultó que no estaba muerto, no, no; que no estaba muerto, no, no... El tío pegó un sprint final que nos hizo morder el polvo a todos. 

No hace falta decir quién es Mauri, ¿verdad?
Después de la carrera tenía que trabajar así que me dirigí al box a sacar los bártulos. El oficial que estaba allí me informó con mucha educación que no se podía retirar el material hasta que finalizase el último equipo. Ante las prisas por marcharme decido utilizar una vez más mi técnica de persuasión. La reacción del oficial fue advertirme: "Márchate o llamo a la policía". O llamo a la policía. ¡Joder, qué recuerdos!


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