domingo, 14 de junio de 2015

TRI Zamora


Hoy en Cuarto Milenio hablaremos sobre el insólito caso de la boya zamorana; la chica de la curva rotonda y el poltergeist del box. Comenzamos. 

Si imaginamos el circuito del agua como un triángulo rectángulo, el lado más largo es la hipotenusa que como todos deberíamos saber, su cuadrado es igual a la suma de los cuadrados de los catetos.  En Zamora no. Como constata la historia Pitágoras en Zamora pasó hambre y penurias. Si al teorema de Pitágoras le imbricamos la Ley de Murphy y ésta nos dice que hay corriente en el río Duero, el resultado sólo puede tener una solución: la corriente en contra la disfrutaremos en el trayecto más largo. Si a todo esto le damos un toque esotérico introduciendo una nueva variante, una boya zamorana, el resultado va siendo más divertido si cabe. El desplazamiento que pueda provocar la fuerza de la corriente en la boya beneficiará a los nadadores que la irán encontrando cada vez más cercana, aunque estos no se muevan. ¡Una puuuuta mierda! 
Las boyas se colocan para delimitar el recorrido que se debe completar. Aquí en Zamora, en el río Duero, había tres, dos normales y una antisistema o zamorana, que además era la primera a sortear. Las debíamos dejar a nuestra izquierda, como Falange deja al PP. Dimos dos vueltas a este circuito. Mi primer acercamiento a la boya antisistema fue extraño. Con todo el alboroto de la salida no me fijé en ella hasta que la tenía a unos 20 metros. Estábamos apelotonados unos 30 o 40 nadadores incapaces de sobrepasarla, unos parados, otros intentando agarrarla y otros echando pestes a los jueces que estaban en una barca al lado mientras éstos gritaban: "-¡Bogad, bogad!". 

Tripi Nacho, Tripi Javi y al fondo la boya zamorana.

El caso es que era una sensación bastante extraña. Un participante gritó: "-Se ha soltado. Atadla." Y todos lo asumimos como tal. Ya después de la carrera, con la mente más despejada, al analizar este extremo me di cuenta de que si se hubiera soltado nos habría facilitado el paso, se habría desplazado hacia atrás y no hacia delante como lo hizo. Consigo dejarla a mi izquierda y completo el primer triángulo, la primera vuelta. Salgo y entro en el agua y emprendo el nado dispuesto a completar la segunda hipotenusa. Mi proceder para orientarme es mirar al frente cada cinco respiraciones para no perder la referencia, en este caso la boya. A cada mirada al frente, ésta, lógicamente, está más cerca. En Zamora no. En Zamora a una boya tú la miras y te da por pensar en los jueces que la han desinflado; en cómo los salmones son capaces de remontar contra corriente cascadas si hace falta; en lo bonito que es Oporto y si la hipotermia me permitirá tomar allí un bacalhau; en que un siluro de esos de Discovery Max está jalando de la cuerda que sujeta la boya y se marcha dirección Almazán en busca de Jeremy Wade. 
Cuanto más empeño ponía en alcanzar la boya más lejos la veía. No sé cómo pero conseguí rebasarla. Si hay vídeos me gustaría analizarlos. 
Pues, tras un segmento que me dejó listo, cogí la bici y comencé un circuito de 5 km que debíamos completar 4 veces. 


Aquí está: La chica de la curva-rotonda
No era muy rápido debido a unas cuantas rotondas y a unos cuantos badenes pero era cómodo. En seguida me alcanza Tripi Raúl y me pongo a su rueda que creo no poder seguir. Del esfuerzo la vista se me nubla y allí, en la última rotonda, la veo: la chica de la curva rotonda. La encuentro de frente, como un dibujo en blanco y negro. Tiene el rostro oculto por su propio cabello pero sé que me mira a mí. Me ofrece un botellín de agua. Durante las tres primeras vueltas lo evito pero en la última, he gastado toda la provisión de líquido que traía así que optó por cogerlo. En lugar de etiqueta comercial pone algo que suelo decir a mi parienta cada vez que pasamos por la iglesia donde nos unimos en sagrado matrimonio: "Aquí me maté yo."  
Acabo con buenas sensaciones y lamentándome de no haberme pegado a un grupo que nos dobló. Creo que hubiera aguantado su ritmo. También resignado a llevar a rueda a dos compañeros que iban con lo justo. 

Comienzo a correr. Aquí voy recuperando posiciones de forma lenta pero continua. El camino recorre las márgenes del Duero e intento buscar alguna explicación a la boya zamorana vigilándola pero ésta no quiere colaborar. Zancada tras zancada allí la veo inmóvil, solitaria, firme y aburrida, quizás esperando a que algún iluso la intente sobrepasar. 

Cómo se nota las horas de entrenamiento: Último sector y por delante de Gonzalo.

Después de entrar por el arco de llegada me dirigí al box para recoger el material y volver a casa haciendo fu. Algo había en el box. Noté una presencia. Las bicis se movían y tintineaban colgadas de los bastidores, las gafas de la natación se empañaban, los gorros cogían y expulsaban aire. Al principio me asusté pero no le di más importancia. Horas después me enteré de que a un compañero le había desaparecido el traje de neopreno. Hemos revisado las grabaciones de las cámaras del BBVA, de Zara y de AutoMundo y no se ve ningún neopreno huyendo de boxes. ¿Cómo salió de allí?  Si no fue un poltergeist, ¿quién fue? ¿Un triatleta despistado? ¿Un chorizo? Si ha sido un despiste por favor decidlo. 
Si has sido tú, chorizo, que aluego lo querrás vender por cuatro perras, o, peor aún, ponértelo tú mismo (a saber quién habrá meado dentro), sólo puedo decirte: "-Ándate polo segau, rapaz. Conozco un par de tipos que pueden hacértelo pasar muy mal.-" 

Para terminar sólo me queda respetar la voluntad de Pedro Hervás que no desea salir en la crónica. No seré yo el que quebrante su afán. No soy persona de faltar y deshacer voluntades. Lo digo por convicción. Nada tiene que ver con la brillante explicación que hizo el susodicho de la facilidad con la que se pueden romper las piernas de una persona si sabes dónde dar. 

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