miércoles, 17 de febrero de 2016

Du Ol Alba Tormes

Dicebamus hesterna die… Comienza una nueva temporada. Poco a poco vamos cogiendo la forma y eliminando lo que la Navidad nunca debió traer. Entre veranillos de San Martín, el cambio climático y el de ¿gobierno? hemos llegado al mes de febrero sin apenas heladas.  ¿Por qué tuvo que presentarse el 14 de febrero este invierno que no avisa? Y encima escogió la localidad de Alba de Tormes. No habría carreras por toda España en las que putear  a los participantes que tuvo que escoger esta minúscula población salmantina.

Antes de la cita mi psiquiatra me mostraba cartulinas con dibujos en los que yo entusiasmado respondía: “-Neopreno. Acople. Cronómetro. Shimano”. Ahora no, ahora me enseña dibujos y chillo: “-Caída. Retirado. No presentado. Abandono”.

Después del  madrugón, de un viajecito lloviendo sin parar junto a Javi Gutiérrez  y una vejiga como una pelota de pilates, aparqué y sin esperar un segundo me fui a los vestuarios a descargar. Ley de Murphy, todos los aseos cerrados. Cuando ya me daba por vencido, un tipo, golpeando una de las puertas, inquirió: “-¡Open the door!” En seguida, del interior, un individuo cabizbajo abría la puerta y me brindaba una oportunidad. Mientras me aliviaba tuve que dar la razón a mis padres: el inglés abre muchas puertas.  Al salir, ya con Javi, hicimos tiempo para ver si paraba la lluvia. Sin andarme con rodeos le  espeté: “Me ha dicho Nando que te está entrenando un filósofo”. Su  respuesta  me tranquilizó: “-Profundas y viles falacias, Juanlu, destruyen nuestra existencia”.  

La mayoría de los participantes hacíamos tiempo en el interior del polideportivo, nadie dejaba nada en el box. Teníamos la esperanza de que la prueba se suspendiera hasta que los jueces dieron la señal de que fuéramos poniéndonos en marcha. ¡Malditos! Sí, esos mismos que luego, ya en la bici, nos torturaban con no ir a rueda. Claro, ellos allí montados, en su amoto, con su chófer, sus lujosos abrigos… ¡A picar piedra les mandaba yo!

Nos fuimos juntando todos los Tripis, unos para la prueba Sprint  y otros para la olímpica, nos repartimos unas botellas de anticongelante AutoMundo y llenamos los bidones con la pócima secreta, tinto de Toro Terra dUro, mientras los demás equipos nos miraban con envidia: “- Jo, este equipo mola.  Da gusto verles calentar. No como nosotros, cada uno por su lado y enfadados”.

Falta Susana que está detrás de la cámara


En la línea de salida me animaba: “-Ya que he venido hasta aquí corro por lo menos  el primer 10.000, si luego sigue lloviendo, cojo la bici y hago una transición relámpago hasta el coche”. Maldita mi suerte, al acabar el primer sector, salió el sol, pero alguien allá arriba debió de pensar “las gallinas que entran por las que salen” y ni corto ni perezoso comenzó a soplar como lo haría un vidriero. ¡Vaya sector de bici! No me extraña que la difunta duquesa de Alba tuviera los pelos que tenía. Esta señora estaba harta de pasar los febreros aquí y se daba paseos hasta Pedrosillo. Ida y vuelta, ida y vuelta. En total 42 km. Las idas para qué nos vamos a engañar eran muy plácidas. Yo llegué a pensar: “-Hoy me estoy saliendo. Vaya bici que voy a hacer”. Y me salió bien, hasta el giro de 180º. Con el cambio de sentido me llegué a plantear algo que nunca antes hubiera creído. ¿Qué dura más? ¿Un kilómetro en bici o un minuto de microondas? Hablaban de rachas de  hasta 70km/h. Yo aquí no puedo asegurar nada, solo que nunca antes he ido tan acoplado. Cuando bajé de la bici parecía un recién operado de 7 hernias discales, un menisco y dos juanetes, al que acaban de practicar una colonoscopia.

No puedo, no puedo, no puedo.


Pensando que lo peor estaba solventado me enfrasqué en la ardua labor de completar los últimos 5 km de carrera a pie, aunque, tengo que decir que sólo lo hice con el pie derecho, el izquierdo se me quedó dormido por el frío y a día de hoy, todavía está pidiendo sopa.  Entré en meta con la sensación de fortaleza que te da el curtirte en estas pruebas tan duras y, por qué no decirlo, de madurez, esa madurez que te lleva a preguntar a un participante de 1’96m: “¿Qué, pequeñín? ¿Cómo hace por allí arriba?”.
Todos los Tripis juntos al final de la prueba nos juntamos para dar más envidia y a la pregunta de “¡Tripispartanos! ¿Cuál es el símbolo químico del oro?” Todos gritamos: “-AU. AU. AU”.
 Para acabar de rematar la faena tuve que ducharme con agua fría. Ahí sí que se oía, y mucho, el símbolo químico del oro.

Aquí, en la ducha.



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