lunes, 9 de mayo de 2016

DU L. D. Numancia

Toda la semana me la he pasado mirando la aplicación del tiempo y maldiciendo mi elección de pruebas. 

Vaya año. En Alba de Tormes, para ser sincero, hubiera sido capaz de aguantar un par de soplidos más, incluso un estornudo.  Así que intenté cambiar de aires. Los del Moncayo aliviarán mi espíritu, me dije. Ay!..., dan ganas de dejar el decathlón y dedicarse a la grabación de películas de náufragos. 

Tuvimos que dormir en la caravana, debido a que el gobierno en funciones nos ha quitado las subvenciones. ¿Acaso creen que el tabaco es gratis? 
Como dos náufragos, Nando y yo, hicimos noche en Garray, a escasos metros de lo que fue Numancia. 
No sin recelo, intentamos descubrir el amor de los marineros, eso sí, advertido por María José: "-Cuidado con el veterano II, no te vaya a pegar una osteoporosis".  

Tumbado en la cama, intentando dormir, dejo fluir los pensamientos. 
"Esta temporada me tengo que marcar un objetivo claro. Tengo que hacerme un nombre en esto del triatlón. Conociendo mis limitaciones, voy a intentar  explotar al máximo mi potencial. Como mi fuerte no es la carrera, ni la bici, y mucho menos la natación, he de comenzar por cosas sencillas: Al primer juez que vea le voy a decir, con el índice extendido, que me tire del dedo". Con estos pensamientos, acompasados por el golpeteo de la lluvia, me voy quedando dormido al compás de "Raindrops keep fallin' on my van"...

Son las 7 am. Llegan las primeras luces,  sigue lloviendo y se me quitan todas las ganas de competir. Acude a mi cabeza una frase que no para de repetir un amigo mío en cuanto tiene ocasión, aunque lo hace con un tono resignado y como si hablara para sí: "La Esperanza es lo último que se pierde".
Hace apenas unos días he he podido desvelar el porqué misterioso de ese tono. Me presentó a un matrimonio muy majo a primera vista: "-Estos son Pepe y Esperanza. Mis suegros"




Como sucediera muchos años atrás, nos juntamos en la salida cerca de una centuria. Un numantino nos dio la salida soplando el Cuerno de Boromir. El primer kilómetro me deja frío. Los centuriones van a to dar. En seguida se distancian Pijus Magnificus e Incontinencia Suma. Lo he hecho en poco más de 4' y por detrás mío solo van los hermanos Gemelus Acalambrati. Intento no calentarme por que esto va a ser muy largo. Voy a mi ritmo, o sea, tranquilo, y que sea lo que tenga que ser. Completo los primeros 15 km, me subo a la bici y ¡albricias! ¡No llueve!  Tengo 57 km por delante. Ahora el viento es a favor, así que la vuelta será dura. Los calentones pasan factura y voy adelantando corredores lenta pero constantemente.  
Efectivamente, después del giro de 180° tuve una gran sensación de pesadez, como si la gravedad de un planeta gigante como Júpiter o Saturno tirase de mí. Me voy cruzando con los otros Tripis, Nando y Kaly. Se les ve bien. Casi al final del circuito llega la sorpresa: Pijus Magnificus está con su bici en la cuneta, se ha retirado por algún problema. 
Comienza a llover pero ya no importa, me queda apenas un kilómetro para bajarme de la bici e iniciar los últimos 7 km a pie.




 Parece ser que a los romanos ya lo les gusta la rapidez. Les veo..., no sé, más...., como que no disfrutan corriendo. Con lo bonito que es hacer kilómetros cada vez más rápido, acabando fuerte, con energía, con ganas de más. ¡Estos romanos!

Entré por la meta completando la prueba en unos 200 minutos y me fui al campamento romano para abrevar. Allí una cantinera llenaba vasos de gominolas. "A éstos- le dije- les tienes que poner leche sin lactosa, leche de soja, ensaladas de quinoa o de carbohidratos complejos. Anda, dame otro vasito de éstas para el crío, haz el favor". 

Después de tres horas de viaje de vuelta, me recibía mi esposa con los brazos abiertos: 
"-¿Qué tal la carrera?
-Ha salido tal y como me imaginaba.
-Enhorabuena entonces.
-Uy, enhorabuena dice."

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