martes, 19 de julio de 2016

Triatlón Olímpico Palencia

He terminado mi plato de espaguetis y en un día normal iría a lo que mejor se me da: una siestecita. Soy un tipo que me solazo cerrando diez minutillos los párpados. Para mí, despertar son mil quilates de gloria bendita y estos horarios (la prueba comienza a las 16'30) le dejan a uno con un desgano absoluto para el triatlón en todas sus manifestaciones. Tengo todo el material cargado en el coche. La temperatura interior del vehículo me ahorra inflar las ruedas de la bici. Pongo la radio y otra vez esa maldita canción de Enrique Iglesias. Toda la semana de vacaciones la he tenido metida en la sesera: "Bailamos hasta las diez, hasta que duelan los pies..." Saco el pincho y busco algo para subir mis biorritmos. Marea, por ejemplo. Las aceras están llenas de piojos. 

Recojo mi dorsal y todo hace indicar que voy a tener una tarde entretenida. Tengo el dorsal de emergencias, el 112. Apenas he recorrido 200 metros lo escondo. Ya me han reclamado para dos colisiones, un incendio e incluso un joven atacado por el agua de fuego me ha cantado: "Esos de verde ¿de qué peña son?" 



Hace mucho calor y estoy deseando meterme en las aguas del río Carrión que son frías (neopreno permitido) y calculadoras. 
Son muy pocos los que no usan el neopreno. Un corredor de Santutxu, otro de Rekalde y otro más que lleva un traje sin mangas y que, según comentan, su abuelo paterno es de Deusto. 
Más o menos somos una docena de Tripis entre los 160 inscritos. 
Nos vamos al río. Jesús, el speaker incansable, reconvertido en crupier a cargo de la ruleta, anuncia: "-Señoras y señores, hagan sus apuestas. Y ..... no va más." La bola comienza a dar vueltas. 
Salgo en la cola, entre los diez últimos, no sea que estos animales me estropeen mi tritraje nuevo madeinchina.
Para el que no lo sepa tengo antepasados orientales si tomamos como referencia la Florida. 



La salida es limpia. No voy recibiendo prácticamente nada. Hay amplitud pero llegamos a una zona de juncos y se estrecha el camino. Comienza el rechinar de los muelles de somieres cuando quieren galopar. El espacio es menor y los nadadores somos los mismos. Aunque teníamos ideologías muy diversas e incluso antagónicas demostramos ser un ejemplo para este país acercando posturas. 
Me aplico una dosis de filosofía zen: "Soy flexible como el junco; me muevo, no paro, soy elástico; me muevo, me muevo". Me sacó del estado zen una mala bestia que después de un pescozón que me hizo temblar los empastes intentó atarme de manos y pies con los juncos. Me salvó E. Iglesias. Volvió a sonar la maldita canción y me enervé: "-Si me das, yo también te doy". Y comencé a darle de lo lindo, hasta que se marchó con el rabo entre las piernas a tocar las narices a otro. 
Y la ruleta sigue girando. Y gira. Y gira. Y gira. 
Salgo del agua y el sol me pega de lleno y me obliga a cerrar los ojos. En la oscuridad permanece la imagen residual de un juez pidiéndome el gorro con la mano. 

Casi en la bici veo un participante nervioso que no puede quitarse el neopreno. Ha bajado la cremallera pero se le ha olvidado quitar el velcro. Según paso se activa en mi cerebro el gen 112 y lo despego inconscientemente y con naturalidad aunque esto no se puede hacer. Sigo a lo mío y paso junto a un juez que me mira dubitativo. Creo que no vio la acción pero la imagina. Yo pensaba que desde cualquier punto de vista que se analizara la situación no estaría a la altura en una conversación con él así que elegí el camino más alejado del juez para salir del box. 
Y la ruleta sigue girando. Y gira. Y gira. Y gira. 

El sector de bici tiene buena pinta. 5 km subiendo, 10 llanos y 5 bajando. Así dos veces. Salgo solo entre dos grupos  pero casi lo prefiero, así me voy probando en la subida. Los que me preceden van mal o lo disimulan muy bien. Les echo mano en seguida. Subiendo a Autilla en lugar de relevos me regalan calderilla. Llaneamos y ya en la bajada salta uno de los que ha ido a rueda. Otra vez E. Iglesias acude en mi ayuda: "-Si te vas, yo también me voy". Y hago un descenso tipo Sagan pero del Cerrato, o sea, que nos cogen todos los que venían detrás. 
Para evitar problemas en la transición me pongo a tirar los dos últimos kilómetros y entro el primero del grupo.  
Y la ruleta sigue girando. Y gira. Y gira. Y gira. 

La carrera es un circuito de 4 vueltas. 10 kms en total. Tengo la boca como una lija del 4. Necesito agua. Al lado del box hay un burriquín. Me tienta pedir una Pepsi y un brownie. ¿Eso lo considerarán ayuda externa? Me hago fuerte y me dedico a correr. Vuelve la canción: "Hasta el km 10, hasta que duelan los pies". En esta ocasión no me ayuda. Pensando en ella , a falta de 100 m, un participante me esprinta, cosa que no soporto (ha tenido 2 h y 25' para hacerlo y lo intenta ahora). Yo, pendiente de la letra, no procesé la situación hasta que era demasiado tarde. Tuve la misma sensación de impotencia y de rabia que la que me ronda por la cabeza cuando comparto mesa con mis jefes y entrego resignado el cuchillo al camarero. 


La bola se detiene y el crupier grita: "-Gana Ferreras. Gana el Tripi. Señoras y señores, bolas nuevas".  

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