martes, 27 de febrero de 2018

Duatlón Alba de Tormes

Mi intención para este pasado fin de semana no era otra que haber viajado a Galicia. Hubieran sido unos aburridos días pero no me habría importado hacer ese sacrificio. Me hubiera visto obligado a tomar espumosas cervezas o un vino blanco joven bien  fresquito al que te lo acompañan de tapas frías, calientes, tortilla y/o churrasco.  No siendo esto lo suficientemente inhumano me habría tenido que meter al cinto raciones y raciones de pulpo. Pobres cefalópodos vagando sin rumbo sin sus patitas. ¿Qué es un pulpo sin sus tentáculos? 

Pero.... el destino me llevó hasta Alba de Tormes para hacer un duatlón. De las dos modalidades yo escogí el largo porque me creía con el fondo suficiente que arrastro desde mi preparación en Numancia. Lo malo es que de Numancia han pasado ya dos semanas y no he hecho absolutamente nada de entrenamiento, salvo, claro está, el específico de avituallamiento. Con ese no me entra ni pereza, ni galbana, ni me lesiono; no me importa hacer series, ni intervalos; ni doblar mañana y tarde...


Para poner las cosas aún más difíciles, el miércoles, fui al gimnasio. Llevaba sin pisar por allí más de dos años y una vocecita me susurraba: “¿Cuánto hace que no ves un fantasma?”.  Así que decidí volver. Y si es poco recomendable hacer ejercicios de fuerza en semana de competición, si llevas dos años sin hacerlos, ni te cuento.



Fui al gym el miércoles pensando en coger fuerza para abrir las nécoras con soltura (hice sobretodo antebrazo y cuello), pero el plan divino me tenía reservado una plaza para competir. Me inscribí el jueves por que me veía bien, pero, oye, fue pagar  y me empezó a entrar un nosequé por las piernas... El viernes las tenía con unas agujetas del copón. El sábado muy pesadas. Y el domingo me levanté para ir hasta Alba como si tuviera dos columnas del Partenón. Esto no pinta bien, me decía. 

Para confirmar los malos augurios recojo el dorsal y me toca el 31. Mira por dónde, la edad en la que me maté hace ya 13 años (nótese que 31 y 13 juntos son palíndromos o capicúas). En la iglesia de Santa María. Toda una señal. Esto no puede ser bueno, me decía. 

Y para rematar y complicar más las cosas voy al vestuario y me encuentro con un duatleta del Ciudad de Lugo. Charlamos un rato y me dice que yo tengo pinta de ciclista y que él es un buen corredor; que podemos hacer un buen equipo. Pienso: “-Que Dios te conserve la vista, hijo, por que la intuición...”; pero lo que le digo es: “-Te has buscado un mal socio. Yo no voy ni corriendo ni en bici. Ahora si me buscas una buena pulpeira igual hacemos algo importante”.

Comienza la carrera con los primeros 10 kms. Sobre el 3 me cruzo (circuito de ida y vuelta) con otro corredor que debía tener la camiseta interior mal puesta porque le veía tocándose como intentando colocar algo por dentro. Y lo consiguió. ¡Vaya si lo consiguió! Unos tres segundos después de cruzarnos pegó tal fogonazo que en mi mente apareció: “-¡El rasca de la ONCE!”. Y no fue uno solo, debía de ser un corredor comprometido políticamente, y por aquello de la paridad, a continuación soltó otro. No sé qué género fue primero, si hombres, mujeres, o viceversa, pero le hicieron tronista. A partir de ahí comenzó a rodar a 3’30 el mil. Yo, asustado, le dejé marchar que ya está uno mayor para disgustos. 

En la transición no tengo ningún problema en encontrar la bici. Creo que solo quedaban 4. Allí están Nieves y Marcos Mr. Chip animando. Confío en recuperar posiciones y para ello cuelgo una foto en mi Facebook y escribo: “Ayúdame a recuperar posiciones. Sé que la mayoría no lo va a hacer pero si eres mi amigo de verdad di Amén”.  No debió contestar nadie. Vaya mierda de amigos de Facebook, me quedé igual. En la transición 2 me cuesta encontrar el hueco para mi bici porque están todas allí. Quito la entrada del Facebook mientras me acuerdo de las palabras del último dinosaurio que habitó el planeta. Estaba junto a su pareja contemplando el despejado firmamento de una noche de agosto  a la espera de una lluvia de Perseidas. Le habían despedido del trabajo, su hija quedó embarazada de un mamífero, su hijo fumaba helechos y su mujer se la pegaba con su mejor amigo. Una lágrima de San Lorenzo surcó la noche y su mujer le apresuró: “-Rápido. Pide un deseo”. Sus palabras marcaron nuestra historia: “-Que se mueran todos”.  

Comienzo a correr. Solo me quedan 5 kms. Veo a unos 200 mt un participante que parece que lleva un ritmo parecido al mío. Aprieto y me digo: “-A por él”. Dándolo todo le fui recortando hasta que, cuando ya lo tenía ahí, me di cuenta de que no era él, era ella. Ella era una señora del pueblo de unos 60 años, con una cazadora de colores (lo que hizo que me despistara) y para más inri ¡con muletas! Definitivamente ese no era mi día. Eso sí, le pasé fácil. Y no porque se parara a hablar con la Ezequiela.



Entré en meta muy tarde. Me duché con agua fría (se acabó la caliente). Fui a recoger la bici ¿al box? No. ¿Para qué? Directamente me acerqué a Objetos Perdidos. No quedaban ni Tripis

Llegué a casa con las piernas doloridas y me di un gel de esos tipo Vicks Vaporub para relajarlas. A los 30" empezó a sonar una canción de Manolo Tena que subía por mis tobillos hasta mis inglés brasileñas: “Estoy ardiendo y siento frío”. 

Me acordé de ese último dinosaurio y me quedé dormido: ¡Que se mueran todos!  

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