lunes, 13 de agosto de 2018

Desafío Castilla y León.

Este fin de semana ha sido la V edición de esta prueba que ya está catalogada entre las 5 más grandes del panorama internacional. Triatletas de la talla de Bruno Fernández, José Mª De Diego, Matías Misiego, Fernando Ortega, Miguel A. Blanco, Raúl Esteban, Javier Rollón, Rafael Becerro, Carlos Abril, Susana Velasco, Jesús Merino o Ignacio Muñoz, han cambiado sus agendas para poder asistir al evento. Entre las grandes ausencias cabe destacar la de Javi Gómez Noya que como lleva poco tiempo en la distancia aún no le ha cogido el ritmo y no ha obtenido plaza. 

Mi intención hace un mes era bajar de las 5 h.  Como veréis la cosa fue bien distinta. Todo se iba poniendo en mi contra. Hace 20 días un inoportuno esguince de tobillo me dejó muy dubitativo. Paré 5 días y luego comencé una rehabilitación exprés y autodidacta. 

Por las mañanas iba a primera hora al Lupa y allí esperaba a que la fila de la caja se llenara. Cuando había las suficientes personas para que se abriera otra caja me ponía alerta y a la voz de “pasen en orden por esta caja” intentaba ganar algún puesto. Los primeros días los perdía, pero poco a poco lo fui consiguiendo (siempre a costa de varones). Cuando me echaban del Lupa hacía lo mismo en el Dia Plaza, pero allí se mira mucho más el duro y tonterías hay las justas. Fue imposible ganar un puesto pero me vino bien. Conseguí fortalecer el tobillo. Fueron unos días muy duros pero ahora los recuerdo con mucho cariño. 

El día antes de la prueba me caía otro saco de cemento encima: Abrí el informe médico del Ceremede y, asombrado comprobé que tras una dura deliberación, la dirección médica me recomendaba ¡bajar 4 kg! ¿Cómo le explico yo todo esto a mi suegra? 
-Que si estás muy delgado; que si deja ya de correr tanto; que si hace mucho calor anda métete este cocido que te estás quedando en na....
Estuve toda la noche barruntando cómo afrontarlo. Ahora que tengo el apoyo institucional, con el peso que da la firma de un médico, igual puedo rechistar cuando me eche un par de cucharones más de toma anda que estás muy delgado. 

El día D llego al box y cuando voy a echar mano a la licencia de triatlón me encuentro con el carné de la piscina. Mecagontó. Para colmo no conozco a ninguno de los jueces que están por ahí. En el único soplo de buena suerte del día les acabo convenciendo de que hay un régimen de reciprocidad entre la federación de triatlón y las piscinas municipales y entro. 

Continúo. Me dan el dorsal 7. Mal asunto. La única vez que me ha gustado algo relacionado con este número fue cuando el Madrid ganó la 7ª y de eso hace ya más de 20 años. 

Me pongo el neopreno y, a pesar de darme vaselina por el cuello, en seguida noto que algo falla. Con las primeras brazadas lo confirmo: mañana tendré una quemadura en el cuello del copón. La manga del mono también ha quedado algo desajustada y parece que va a dar guerra. Hasta el chip de medir los tiempos que llevamos en el tobillo me estaba jodiendo. Asco de vida. 

Comenzamos los 1’9 km de natación. La salida, que es donde te las llevas por todos los sitios, hace que piense que el destino comienza a mirarme con otros ojos. Pero solo se estaba riendo de mí. Apenas he llegado al barco (150 mt) un animal aún sin catalogar me quita las gafas del golpe. Antes de la boya (250), otro de la misma especie me ha dejado sin gorro y, apenas he completado la primera vuelta (500), alguien que parecía querer poner a pre todos los agravios sufridos por sus cuatro últimas generaciones, me pegó tres hostias bien seguidas que me encendieron. Me paré y le di un empujón acompañado de un “pedazo de gilipollas” y el tipo, sin amilanarse un ápice, seguía con intenciones de ajustar su karma. Que lo vi en sus ojos detrás de las gafas polarizadas. Lo que hizo que le ignorara antes de que acabáramos los dos expulsados. 

Con estos antecedentes comencé a pensar y eso ralentiza mucho mi ritmo de nado por la falta de costumbre. Unas cosas llevaron a otras y acabé perdiendo en el agua más de cinco minutos con respecto a otros años pero, a cambio, encontré la fórmula para poner fin a la inmigración ilegal en las fronteras de Ceuta y Melilla sin que ni gobierno ni ONG’s se tiren los trastos a la cabeza. 

A saber: quito la carretera interna  existente por donde patrulla la Guardia Civil, la que está flanqueada por las famosas vallas. En su lugar hago un canal de agua y se lo cedo a las federaciones de triatlón correspondientes para que entrenen los triatletas. En una semana  os aseguro que todas las hordas de subsaharianos se vuelven acojonados a las vías italianas o a sus países de origen pidiendo que se vele por los DDHH. Y aquí viene lo mejor. Cuando las ONG’s quieran arremeter contra la brutalidad empleada por el estado y pidan que rueden cabezas oficiales, pondré en la rueda de prensa al Delegado del Gobierno  con la mejor de sus sonrisas y una nota de prensa entre sus manos para informar: “-Según los datos que me da la federación de triatlón de las ciudades autónomas ¡¡¡Aquínoentrenanadie!!!”. ¿Os suena, triatletas?   



Salgo del agua. Al quitarme el neopreno veo que mi cuello va a dar guerra. Me quito el chip y lo vuelvo a colocar con más cuidado. Da lo mismo. Me sigue rozando algo. Monto en la bici e intento recuperar algo del tiempo perdido en el agua. Los primeros 30 km me veo más o menos bien. Voy bebiendo y metiendo azúcar al cuerpo. En uno de los avituallamientos cambio el bidón vacío por uno lleno. Pero de nuevo el destino se ríe de mí. El agua de allí dentro debía estar llena de pájaros muertos porque sabia a rayos. No me atreví a dar más sorbos. 

Con todos los regalos que me había hecho el destino mi cabeza empezó a funcionar. Un diablillo me decía que cuando acabara los 90 kms de ciclismo hiciera los primeros 5 kms de carrera a pie y lo dejara. Yo me resistía pero el tío era muy convincente.  En la negociación fuimos llegando a una serie de acuerdos mientras yo seguía dando pedales. El muy capullo intuía que cada vez mi mente era más débil y regateaba con lo ya acordado. Los 5 k pactados, quedaron en 3, luego en dos. Mientras, yo seguía en la bici pero cada vez menos acoplado. Cuando empiezas a mover mucho la posición es por que la cosa no pinta bien. y yo no paraba de buscar postura tras postura. Ninguna me convencía.  

Pues al final, el acuerdo al que llegamos creo que fue bastante ventajoso para todos. Consistió en lo siguiente: Dejé la bici (a tomar por cleta la biciculo), me calcé las zapas de correr, me acerqué hasta Mister Chip y le dije: “-Marcos, ahí tienes el chip, a ver si los coges de terciopelo que me ha estado jodiendo toda la carrera. Mira como me ha dejado el tobillo”. 
Mientras él me preguntaba si abandonaba la carrera, le dije: "-¡Me voy al bar a por un helado que para sufrir ya están mis cuñadas!” Al principio pensé en un Calippo pero al ver la carta mandé al carajo esos cuatro kilos del Ceremede, me tiré al barro y pedí un Negritón. 

Puede que muchos deportistas acaben frustrados por un abandono, que necesiten consuelo o que sientan que se les ha quedado una espina clavada. Os puedo asegurar que yo era el triatleta más feliz de la prueba allí sentado dándole lametazos a mi Negritón, esperando a que el karma se igualara mientras veía pasar a un sin fin de compañeros con la cara desencajada por el esfuerzo. 



Y aquí acabó mi Desafío. Podría poner de excusa el esguince, calambres, pinchazos, etc., pero no. No me pasó nada. Estoy convencido de que la carrera a pie la hubiera aguantado perfectamente pero simplemente no iba. Era uno de esos días que sin saber porqué el cuerpo no responde, así que opté por lo práctico: helado. 

Bueno, pues hasta aquí puedo leer. Voy a ponerme un poco de aloe vera por el pescuezo y para equilibrar el universo y pagar los 21 kms de carrera a pie que le debo, acabo de inscribirme en la Behobia San Sebastián. A ver si mi suegra me deja llegar con 4 kg menos bajo la promesa de recuperarlos con el primer menú de sidrería que encuentre en la Bella Easo. 









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